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Discurso con motivo de un desayuno ofrecido por la
Cámara de Comercio del Canadá en México
México, martes 8 de diciembre de 2009
Es aquí, en "el país de la serpiente de plumas" de las grandes civilizaciones precolombinas, donde comencé este periplo que me llevará del norte al centro de Meso América.
No es la primera vez que me quedo en México y tampoco será la última.
Lo recorrí, de norte a sur, antes de emprender mis estudios universitarios, y este viaje marcó mi juventud.
Tuve también la ocasión de trabajar aquí en calidad de periodista de la televisión pública canadiense, de examinar varios aspectos de las relaciones comerciales entre nuestros dos países, y de detenerme en las realidades sociales que prevalecían en los años 1990.
Esto fue para mí una experiencia de conocimiento profundo de las grandes cuestiones de México en la misma época en que se negociaba el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
Y es con la misma admiración que me encuentro hoy en este país de grandes contrastes y diversidad para conocer una de sus riquezas, y no la menor, que es sin duda su pueblo cálido.
La travesía de México, de Guatemala y de Costa Rica que me dispongo a hacer es para mí la ocasión de continuar mi reflexión sobre el continente que tenemos en común.
Una reflexión alimentada por mi propia historia.
Nací en Haití, el país más pobre de las Américas.
Haití, el país de mi infancia, el país de mis antepasados, aborígenes y africanos.
Haití, que conocí asolado y del que mi familia debió huir porque eran perseguidos, como muchos otros, por un régimen de terror.
Y eligieron para nosotros un país donde tan rico en possibilidades, Canadá, y en el que mis raíces penetran cada vez más y son como rizomas que se extienden de sur a norte.
Un país que, a semejanza de México y de todo el continente americano, nació del encuentro de pueblos con tradiciones inmemoriales y de exploradores europeos, a los que siguió gente de los cuatro rincones del mundo.
Un país nacido de un ideal que descansa en el civismo y que se arraiga en la democracia.
Un ideal que ha formado una sociedad pacífica y próspera, donde la noción de igualdad es nuestro credo.
Sin duda alguna, nuestros orígenes y nuestros destinos en esta tierra de América se encuentran y están mucho más vinculados de lo que parece.
Recientemente, las sucesivas olas de migración continental han redefinido la naturaleza de nuestros vínculos y los han enriquecido con perspectivas nuevas. América del Norte, América Central, el Caribe y América del Sur, todos estos mundos se interpenetran cada vez más, acentuando los mestizajes y las convergencias.
En Canadá, por ejemplo, una comunidad de origen mexicano dinámica contribuye a nuestra prosperidad y a nuestra originalidad.
Se estima que México recibe el mayor número de turistas canadienses de toda América Latina, sin contar los que deciden residir aquí.
Un gran número de mexicanos viaja a Canadá, entre ellos miles de trabajadores temporales en el marco del Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales, del que celebramos este año el 35to aniversario.
Entre Canadá y México se ha establecido un gran movimiento de poblaciones, de ideas, de culturas, de mercancías y de capitales desde el inicio de nuestras relaciones diplomáticas hace sesenta y cinco años.
Cooperamos cada vez más y a todos los niveles, ya sea en materio de los derechos humanos, la gobernabilidad, el sistema electoral, los asuntos parlamentarios, la cultura y las artes, el sector académico y el medio ambiente, sin hablar de la seguridad y la urgencia de establecer estrategias comunes para luchar contra la amenaza que representa la sofisticación de las redes criminales organizadas que extienden sus tentáculos al conjunto del continente y asolan nuestras comunidades.
Mencionemos por otra parte que la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional trabaja sin descanso para incrementar el intercambio de conocimientos, modelos y experiencias entre los socios mexicanos y canadienses.
Concretamente, gracias a los Fondo Canadiense para Iniciativas Locales, las ONG se esfuerzan por poner en práctica un gran número de proyectos a fin de favorecer el impulso democrático y el compromiso social. Además, durante mi visita constataré el trabajo que realizan con un espíritu de solidaridad.
Por otra parte, México, cuya economía se sitúa entre las quince más grandes a nivel mundial, es nuestro socio comercial más importante en América Latina.
Se trata del quinto destino de las exportaciones canadienses. Para México, Canadá es el segundo destino de sus exportaciones.
Se estima que 2 200 empresas canadienses están presentes en México.
No es a ustedes, miembros de la Cámara de Comercio de Canadá en México, a quienes debo educar sobre la vitalidad de las relaciones entre nuestros dos países.
Vitalidad que aumentó desde la entrada en vigor de la Asociación Canadá-México en 2004.
Sólo en el plano comercial, en 2008 los intercambios bilaterales entre Canadá y México ascendieron a más de 26,000 millones de dólares de los Estados Unidos, es decir, cerca del nueve por ciento más que el año anterior.
Pero no podemos hablar de las relaciones Canadá-México sin tener en cuenta al potente socio, los Estados Unidos, con el que compartimos una frontera, una historia, un hemisferio, y desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994, un vasto mercado en el que están integradas nuestras economías.
Desde la entrada en vigor del TLCAN, las exportaciones y las importaciones canadienses y mexicanas han aumentado de forma exponencial.
Y nuestras relaciones trilaterales no han dejado de intensificarse.
Pensemos en la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte, el Consejo Norteamericano para la Seguridad y en las posiciones comunes que nuestros países eladoptan sobre cuestiones de envergadura en el marco de foros multilaterales como la Organización de los Estados Americanos, la Cumbre de las Américas, el G-20 y las Naciones Unidas, entre otros.
En el reconocimiento de estos vínculos profundos que nos unen está basada la colaboración fecunda entre nuestros dirigentes, cuya última reunión tuvo lugar este verano en Guadalajara. El próximo año le corresponderá a Canadá acoger la siguiente Cumbre de líderes norteamericanos, y estamos encantados.
En la época de los grandes conjuntos económicos, y más particularmente a la luz de la crisis financiera que sacude al mundo entero actualmente, México y Canadá, con el apoyo de los Estados Unidos, deben comprometerse a multiplicar no solamente los intercambios comerciales, sino las posibilidades para sus ciudadanos y ciudadanas de mejorar su condiciones de vida y de abrirse al mundo, de diversificar y dinamizar más nuestras asociaciones.
Debemos mostrarnos audaces e imaginativos al respecto, y aprovechar al máximo el potencial de nuestra relación. Sigo convencida de que podemos hacerlo mejor y hacer más.
Y esto debe lograrse en la reciprocidad.
No ganamos nada si, por una parte, triunfan la apertura, el progreso y las oportunidades, mientras que por la otra prevalecen el repliegue, las desigualdades y la exclusión, tanto en su país como en el nuestro.
Creo firmemente que la cooperación debe aumentar nuestra prosperidad y contribuir al desarrollo sostenible en un marco ético respetuoso del destino de las poblaciones, su arraigo y su cultura.
Creo que debe también respetarse más la integridad ecológica de los lugares que son la fuente de nuestros recursos.
Explotar los recursos de forma irresponsable es poner en peligro el futuro de las personas que vendrán después de nosotros.
Lo que está en juego cada vez, es mucho más que el beneficio inmediato.
Y quiero aprovechar esta ocasión para felicitarnos por la firma aquí mismo, en México, el pasado mes, de un protocolo de entendimiento entre Canadá, México y los Estados Unidos, para la protección de los espacios silvestres.
Cuanto más atraviesen nuestras fronteras nuestros respectivos intereses y más abracen los intereses de un mayor número, más poseeremos nuestra originalidad y nuestra voluntad común de pertenecer a la humanidad.
Las decisiones y las prácticas que las empresas canadienses adoptan cuando se establecen en el extranjero tienen repercusiones sobre la vida de un gran número de mujeres, hombres y niños, por lo que deben guiarse por valores que no sean el afán de lucro, los índices de rendimiento o el éxito a corto plazo.
Deben guiarse por los mismos valores que los que defendemos dentro de nuestras fronteras.
Estimo que cuando tomamos decisiones que pueden conllevar la exclusión, la desigualdad, la injusticia, la pobreza, creamos un problema social cuyo costo es muy elevado y sus consecuencias devastadoras.
Justamente, hay que tener la valentía de reflexionar sobre las consecuencias de nuestras decisiones, de replantearnos nuestras formas de hacer las cosas, teniendo en cuenta el bien de todos.
A esto es a lo que llamo el desarrollo responsable.
Con la llegada de la globalización, se forman nuevas agrupaciones, nuevas coaliciones de interés, llenas de promesas. Más que nunca, estamas llamados a redefinir los vínculos que nos unen a escala hemisférica.
Una nueva era de solidaridad y de fraternidad se abre para las Américas, y Canadá desea ser un actor de primer plano de este impulso de apertura.
Aunemos nuestras fuerzas en el respeto de las diferencias y por el bien de todos.
En esto es en lo que Canadá y México, así como todos los países del continente de las Américas, deben ocuparse, valiéndose de la amistad que les une de norte a sur y de sur a norte.
Gracias de todo corazón. ¡Por la solidaridad, la cooperación y la amistad entre Canadá y México!
