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Discurso en ocasión de una ceremonia de bienvenida
Guatemala, jueves 10 de diciembre de 2009
Permítanme decirles, en primer lugar, hasta qué punto estamos encantados, mi esposo Jean-Daniel Lafond, quien les habla, y la delegación que nos acompaña, de poder continuar aquí, en Guatemala, un periplo del norte al centro de las Américas que comenzó en México y terminará en Costa Rica.
Guatemala nos recuerda con suma nitidez que la historia de este continente no se inició con la llegada de Cristóbal Colón.
Nos encontramos en Mesoamérica, región que es la cuna de una civilización inmemorial, la de los pueblos maya, que han sabido hasta nuestros días preservar su identidad a pesar de las invasiones, conquistas, saqueos, masacres, intentos de asimilación, discriminación, exclusión y represión.
Hablamos de una civilización de insondable ingenio, de arquitectos, artistas y sabios, cuyo aporte cultural es inestimable. Así lo testimonian las imponentes ruinas de los palacios y templos piramidales, como los de la majestuosa ciudad de Tikal, que tendremos la suerte de visitar.
Cuando los europeos llegaron a este continente, encontraron aquí un mundo que creían nuevo.
De golpe hicieron tabla rasa de un universo milenario.
Pero gracias a esruerzos como el que se ha llevado a cabo en el parque El Mirador, al norte de Petén, han comenzado a restaurarse períodos completos de la historia de los primeros pueblos que habían desaparecido de la memoria o habían sido reescritos y deformados de su sentido original o simplemente ocultados, no sin motivaciones ulteriores.
Mas no basta con reconocer el valor de esta historia única: es menester velar por el bienestar de quienes han heredado y luchan por conservar su patrimonio.
De lo contrario, el continente seguirá dividido en dos mundos: por un lado, el progreso y las oportunidades, y por el otro la injusticia y la desigualdad. Por un lado el pleno desarrollo, por el otro el subdesarrollo crónico.
En momentos en que la globalización nos llama a definir nuestros nexos a escala planetaria, donde los dirigentes de todas las Américas buscan crear vastos mercados y definir posturas comunes frente a diversos desafíos importantes para sus pueblos, ha llegado la hora de que todos transitemos por el camino de la reconciliación y la paz, la solidaridad y a fraternidad, de una nueva ética de intercambio.
Canadá, cuya historia recoge también capítulos tristes de maltrato a sus pueblos indígenas, ha emprendido ya este camino con la reciente creación de una Comisión para la Verdad y la Reconciliación que recorrerá el país durante los próximos cinco años con el fin de buscar esa verdad y propiciar la reunificación.
Yo he aceptado ser testigo especial de este periplo que las y los canadienses han decidido emprender con valentía y responsabilidad.
No podemos retroceder jamás cuando se presenta la ocasión de reconstituir juntos una historia que nos une y que debemos reconocer plenamente.
En su discurso de investidura, señor Presidente, usted se comprometió a hacer de Guatemala un “modelo de democracia social con rostro maya”, anunciando al mismo tiempo un programa ambicioso y valiente de lucha contra la pobreza, la desigualdad, la violencia, el crimen y la impunidad.
Canadá aplaude la esperanza que representa esta voluntad de cambio y que inevitablemente debe llevar aparejado el compromiso de la sociedad civil, y reafirmamos nuestro apoyo a todas las mujeres, a los hombres y los jóvenes que se esfuerzan por preservar y consolidar las instituciones democráticas fundamentales para la paz, la seguridad y el desarrollo de Guatemala, así como la existencia de un estado de derecho para el bienestar de todos los guatemaltecos.
Sabemos que la pobreza endémica y la inseguridad socavan la vida cotidiana del pueblo guatemalteco.
Sabemos también que el clima de impunidad favorece la violencia, especialmente en contra de la mujer.
Canadá, que descansa sobre el principio de la igualdad entre mujeres y hombres, saluda la aprobación, por parte del Congreso de su país, de una ley contra el “femicidio”, y de su compromiso con los principales convenios de las Naciones Unidas sobre la violencia contra la mujer.
Y porque creemos en los principios fundamentales de derecho y de justicia, apoyamos activamente el trabajo de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, creada por las Naciones Unidas en 2007, a cuyos esfuerzos debemos unirnos con la conformacion de un frente común para luchar contra la amenaza que suponen las sofisticadas redes criminales que, con sus actividades delictivas, siguen extendiendo sus tentáculos en todo el continente.
Me refiero entre otras cosas a la trata de personas, el narcotráfico, el tráfico de armas y de influencias, la corrupción, el blanqueo de fondos y la violencia, que hacen estragos en nuestras comunidades.
Además, nuestros países firmaron recientemente un nuevo acuerdo en virtud del cual Canadá se compromete a apoyar al Centro de Entrenamiento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz en América Central, situado en Cobán.
Debemos mencionar que Canadá y Guatemala mantienen una larga y privilegiada relación en materia de desarrollo, fundamentalmente a través del programa de asistencia de la Agencia Canadiense para el Desarrollo Internacional.
Esta primera visita de Estado de Canadá a Guatemala nos permitirá evaluar el dinamismo de nuestros intercambios y explorar nuevas avenidas de colaboración y asociación que generen prosperidad para nuestros pueblos.
Igualmente, aprovecharemos la ocasión para empaparnos del notable trabajo que realizan diversas ONG en lugares como Petén y Sololá con el apoyo de Canada.
La seguridad, el buen gobierno, el pleno respeto a la dignidad de las personas y la erradicación de la pobreza son temas de absoluta prioridad tanto para la Guatemala de hoy como para las nuevas generaciones de guatemaltecos y guatemaltecas.
Esperamos poder contribuir, hoy como en el pasado, a sus esfuerzos con nuestro apoyo y amistad.
Es con este ánimo de solidaridad y de fraternidad que emprendemos nuestra visita de Estado a Guatemala, pero también con la firme voluntad de recordar a nuestros pueblos respectivos que somos hermanos y hermanas de espíritu y de corazón, y con la esperanza de abrir nuevas posibilidades de colaboración entre nosotros.
