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Discurso con ocasión de la apertura del Congreso internacional de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), Montreal, miércoles, 5 de septiembre de 2007
COMPRUEBE CONTRA ENTREGA
Yo soy de todas las Américas.
La historia de este continente corre por mis venas. Ella está inscrita en mi memoria, llevo su impronta marcada en mi cuerpo, su ritmo late en mi corazón.
Mis ancestros venidos de África fueron desposeídos y transportados a la fuerza a este lado del Atlántico donde fueron reducidos a la esclavitud, como también lo fueron, en sus propias tierras, los pueblos originales.
Nací en Haití.
Haití, el país más pobre de las Américas, uno de los más pobres del mundo.
Un país que he conocido a fuego y a sangre, bajo la férula de dictaduras inmisericorde, como han habido en otros países de este continente.
Haití, el país de mi infancia, que debí dejar a la edad de 10 años, pero que no me dejará nunca.
Mis padres como muchos otros, fueron perseguidos, y debimos huir de un régimen en el que reinaba la opresión y la tiranía.
Y se dirigieron a Canadá, un país de todos los posibles, un país que yo represento hoy día con orgullo en calidad de Gobernadora General.
Llegué al país por Montreal, la ciudad más grande de habla francesa en el mundo después de París, una ciudad en la encrucijada de todas las culturas. Y aquí he vivido una buena parte de mi vida.
Quebec, crisol de la francofonía en América, se convirtió para mí en el lugar donde echar raíces, donde apegarme a esta tierra generosa. El año próximo, celebramos 400 años de presencia francófona en este continente, y Quebec estará al frente de esas grandes festividades.
En el paso de la pequeña niña que vio a sus padres, su familia y sus amigos enfrentando los horrores de un régimen totalitario, hasta la mujer que se presenta ante ustedes hoy, hubo todo un aprendizaje de la libertad.
Y la esperanza no ha dejado nunca de iluminar mi camino.
En este ímpetu hacia la libertad, este ímpetu de esperanza y entusiasmo que me anima, veo similitudes con el que atraviesa actualmente, como una ola de fondo, América Latina, particularmente Brasil que visité recientemente.
No era la primera vez que hacía estadía en ese país de naturaleza prodigiosa.
Estuve en Río, en junio de 1992, cuando se realizó la conferencia de las Naciones Unidas sobre medio ambiente y desarrollo. Yo era periodista para la televisión pública de Canadá, y seguía con pasión la participación de todas y de todos los que militaban por la protección de la biodiversidad.
Cuando volví al país, hace apenas dos meses, sentí que había llegado el momento de que Brasil realice su pleno potencial.
Tuve ocasión de observar los progresos realizados por el pueblo brasileño en estos últimos años para forjarse un lugar envidiable entre las naciones.
La voluntad del Presidente Lula de combinar estabilidad económica con una política de inclusión social ha dado resultados prometedores.
Por primera vez en su historia, Brasil ha logrado, desde 2004, disminuir los niveles de pobreza y desigualdad. Eso no es poca cosa en una región donde la miseria afecta a la mayoría y existe lado a lado de la opulencia.
El éxito de Brasil en el plano comercial es notable y no ha dejado de avanzar en los últimos años.
Décimo tercera potencia económica mundial y el país con el cual Canadá tiene el mayor comercio en la región, este país de madera roja se considera como el motor de la economía sudamericana.
Dicho eso, ese progreso económico no debe ocultar los retos considerables que Brasil enfrenta. Y sobretodo, debe estar acompañado con la participación de la sociedad civil.
La esperanza ha dejado su huella en el corazón de las brasileñas y brasileños, quienes están más determinados que nunca a mejorar su situación y la de sus semejantes.
Durante mi estadía, me reuní con jóvenes activos en sus barrios, en la comunidad de Bahía, quienes me afirmaron que la solidaridad es una responsabilidad.
Fui testigo de los esfuerzos de jóvenes que se dieron la misión de luchar contra el azote de la violencia urbana.
Creo que es necesario darles a esos jóvenes los medios de proseguir el proceso de transformación social, de afirmación del ejercicio democrático y de promoción de los derechos y libertades.
También tuve oportunidad de ver la labor de las ONG que despliegan esfuerzos notables para combatir la exclusión social e intentan movilizar una juventud que de otra manera queda librada a la calle. Organismos que luchan, entre otras cosas, contra la propagación del SIDA.
Esos son algunos de rasgos de un país en plena evolución.
Blaise Cendrars, escritor de viajes y aventuras que quedó encantado por Brasil, ¿estuvo en lo cierto cuando afirmó que el siglo XXI será el siglo de América Latina?
«Es en estas regiones aún hoy vírgenes en tres cuartas partes, escribe, donde se va a jugar nuestro destino próximo.»
Un movimiento de democratización y apertura al mundo está operando a escala de América Latina. A ritmos diversos, ciertamente, pero de manera continua.
Ciertos signos nos permiten en efecto creer y esperar que hemos dejado atrás la época de regímenes tiránicos, de insurrecciones y de conflictos civiles.
Entre noviembre del 2005 y diciembre del 2006, se han celebrado no menos de una docena de elecciones presidenciales.
Hay mas pueblo que se expresa mejor por las urnas que por las armas.
En una región que se caracteriza todavía por profundas desigualdades, las votaciones les permiten a los pobres y a los excluidos participar en la vida política.
Me he reunido con varios dirigentes políticos latinoamericanos cuyo pensamiento y programas se inscriben en esta línea. Tuve ocasión de discutir con los presidentes de Chile y de Haití, Michelle Bachelet y René Préval, al ser investidos.
El presidente Préval, me expresó su voluntad indefectible de restablecer la seguridad, justicia y estabilidad en Haití, y convertir la educación en una prioridad.
Además, debo mencionar que, a pesar de los intereses nacionales y las disparidades que persisten entre las regiones, los dirigentes latinoamericanos intentan establecer posiciones comunes y crear una cadena de solidaridades a escala continental. Lo que también es un buen augurio.
Subrayemos, en particular, que son latinoamericanos quienes dirigen la misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití, formada en 2004.
Canadá trabaja en concierto con nueve países de América Latina con el objeto de ayudar a nuestras hermanas y hermanos de Haití a romper el círculo vicioso de la miseria y la violencia.
Yo tuve que huir del régimen de terror de François Duvalier. Sé lo que significa poder vivir en un país como Canadá donde todo es posible cuando uno da de sí el máximo.
Y espero profundamente que este espíritu de solidaridad y generosidad hacia el pueblo haitiano sea recibido por el mundo entero como un testimonio de los lazos que unen a los pueblos de América.
Creo que ahora más que nunca es el momento de apostar al conjunto de nuestras solidaridades y de reforzar los lazos que nos unen los cuales no se limitan al comercio y los intercambios diplomáticos.
Pienso especialmente en la necesidad de reconocer nuestras historias respectivas.
Las Américas son tierras de mestizaje.
Surgieron del encuentro, digámoslo francamente, a menudo brutal, de pueblos con tradiciones inmemoriales y de exploradores europeos, quienes fueron seguidos por gente de todo el mundo.
Más recientemente, olas sucesivas de migración continental han redefinido el carácter de nuestros vínculos y los han enriquecido con nuevas perspectivas. América del Norte, del Sur, Central y el Caribe, todos estos mundos se interpenetran cada vez más, acentuando las convergencias.
Sería inútil decirles de qué manera se alegra por esto la mujer delante de ustedes.
Basta ver la movilización de la ayuda humanitaria al día siguiente del sismo que azotó las localidades costeras de Perú el 14 de agosto pasado.
En Canadá, la comunidad peruana llamó a la población y todas las instancias del país a prestar asistencia a las comunidades afectadas. En nombre de la población canadiense, aprovecho de expresar mi más sentido pésame y todo mi apoyo al pueblo peruano en estos momentos difíciles.
Las Américas se enriquecen cotidianamente con los aportes múltiples de poblaciones venidas de todas partes.
Esa mezcla de colores, de culturas y de acentos que irrigan este continente constituye nuestra fuerza más viva. Ella es la esencia misma de nuestra modernidad.
Es por eso creo firmemente que la cooperación entre los países de las Américas debe inscribirse y practicarse en un marco ético respetuoso del tipo de las poblaciones, de sus raíces y de su cultura.
En esta era de grandes alianzas económicas, las Américas deben multiplicar las posibilidades para que sus ciudadanos y ciudadanas puedan abrirse al mundo.
Y eso debe lograrse con reciprocidad.
En mi opinión, no hay terrenos más fértiles para la prosperidad que las sociedades que aseguran a sus poblaciones su alimentación, buena salud, educación y la oportunidad de expresar su especificidad.
Creo también que la cooperación y el comercio a escala continental, y mundial, deben respetar la integridad ecológica de los sitios de donde se extraen los recursos.
América Latina posee importantes riquezas mineras y agrícolas.
Explotar esos recursos de manera irresponsable, es poner en peligro el porvenir de quienes vendrán después que nosotros.
Mientras más sobrepasen nuestros intereses respectivos las fronteras y más nos conectemos con los intereses de las grandes mayorías, más ricos seremos por nuestra originalidad y nuestra voluntad común de pertenecer a la humanidad.
Eso es lo que llamo desarrollo responsable.
Ni lo que seamos ni lo que hagamos debe realizarse en detrimento de los demás.
Eso es lo que deben intentar efectuar los países de las Américas, fortalecidos con la amistad que los une de norte a sur y de sur a norte, tal como dije en Brasil recientemente.
La globalización exige una redefinición de nuestros vínculos a escala continental.
Una nueva era de solidaridad y de fraternidad se abre ante las Américas, y Canadá desea ser un actor de primer plano en ese movimiento de apertura.
Estamos destinados a unir nuestras fuerzas, respetando las diferencias y para el bien común.
El trabajo de LASA forma parte de este mismo esfuerzo, de este mismo espíritu: crear sinergías, reagrupamientos, construir puentes, en interés del bien de todos.
Se trata de reunir a todos los que se consagran a este campo de estudio en constante cambio constituido por las diversas realidades latinoamericanas.
El trabajo de cada uno de ustedes contribuye a crear, más allá de los clichés y de las incomprensiones, verdaderos intercambios intelectuales. Intercambios que aclaran el debate público y forjan nuestra percepción del mundo.
Los resultados de las investigaciones que ustedes hacen influyen sobre las grandes decisiones que toman nuestros cuadros dirigentes, nuestras empresas, nuestros organismos humanitarios y todos los que participan en la sociedad civil. Y son un verdadero poder de transformación social.
Esta asociación es un espacio de diálogo, de reflexión y de colaboración formado con el objeto de ayudar a nuestras sociedades a enfrentar los grandes desafíos de nuestro tiempo.
Deseamos que de esta encuentro de ideas surja un consenso a escala de las Américas en favor de la preservación del mundo.
Hemos recibido un continente para compartir.
Hagamos que sea para nuestras poblaciones una tierra de libertad y de todos los posibles.
Hagamos que sea para nuestra juventud un espacio de realización, de creatividad, de sueño y de oportunidades.
Seamos de todas las Américas!
Muchas gracias.
